
Allá por 1997, durante la presidencia de Carlos Menem, Mariano Grondona publicó una nota de opinión en el diario La Nación, en la cual sostenía que la rigidez de la democracia clásica, en contraposición con la flexibilidad de la democracia moderna, producía conductas impecables y también hipocresía.
Sin embargo, parecería que la hipocresía no es patrimonio exclusivo de la vieja democracia.
Pongamos por caso el debate que ha suscitado lo que la prensa y la oposición han dado a conocer como las candidaturas testimoniales.
Hay quienes hoy se oponen y, sin embargo, en el pasado se postularon a cargos legislativos habiendo sido designados para otro puesto electivo anteriormente.
Es el caso de Carlos Reutemann, quien cuando era gobernador de Santa Fe, en 1995, encabezó la lista a diputados provinciales. Sin embargo, poco tiempo antes había sido elegido para ocupar una banca en el Senado nacional, una vez que concluyera su mandato a cargo del Ejecutivo santafesino.
En otras palabras: se postuló a legislador provincial con la intención de traccionar votos para su lista y no para ocupar el escaño en caso de resultar electo.
Para Felipe Solá las candidaturas del oficialismo no son testimoniales; directamente son truchas.
Curiosamente, Solá es actualmente diputado y aún le restan dos años más de mandato, pero se volverá a presentar como candidato en las próximas elecciones para ocupar el mismo cargo que hoy ejerce.
¿Qué nombre se le debería poner a la candidatura de Solá?
Muchos de quienes hoy despotrican contra la falta de transparencia institucional, en el pasado no dudaron en fortalecer sus posibilidades electorales postulándose simultáneamente para dos cargos.
En el año 2007, la provincia de Buenos Aires fue el escenario predilecto de los candidatos dobles.
Jorge Macri fue candidato a vicegobernador bonaerense, junto a Francisco de Narváez, y a primer diputado nacional.
Juan Carlos Blumberg optó por una jugada muy similar: fue candidato a gobernador y a diputado nacional por la misma provincia.
Ricardo López Murphy, por su parte, compitió por la presidencia de la Nación y por un escaño en el Congreso Nacional al mismo tiempo.
En 2005, cuando la actual Presidenta de la Nación decidió ser candidata a senadora nacional bonaerense, no fueron pocas las voces que la criticaron por su condición de senadora por Santa Cruz.
Sin embargo, no se utilizó la misma vara para juzgar a la ex diputada por el Chaco, Elisa Carrió, cuando decidió cambiar de distrito y ser candidata por Capital Federal en 2005.
Tampoco nadie dijo nada cuando Mauricio Macri, hace dos años, alentó los rumores sobre su eventual postulación como senador por Misiones y como gobernador de la provincia de Buenos Aires. Finalmente, optó por la jefatura de gobierno porteña.
Hoy tampoco se utiliza la misma vara.
No se objeta que el candidato a senador nacional por Corrientes, Nito Artaza, haya evaluado hasta muy recientemente la posibilidad de postularse a legislador porteño, como ya lo había hecho en otras ocasiones.
Tampoco parece generar estupor que la ministra de Desarrollo Social de la Ciudad de Buenos Aires, María Eugenia Vidal, y su viceministra, María Soledad Acuña, quienes trabajan en y para la Capital Federal, compitan por una banca en el Congreso Nacional como representantes de la provincia de Buenos Aires. De hecho, Acuña fue legisladora porteña antes de asumir su actual cargo.
A esta lista debe agregarse la actual legisladora de la ciudad de Buenos Aires, Silvia Majdalani, quien nuevamente se postulará para un cargo legislativo, aunque esta vez, por la provincia de Buenos Aires.
Cuando, en 1997, estaba en debate la postulación de Graciela Fernández Meijide, entonces senadora por la Capital Federal, al cargo de primera diputada por la provincia de Buenos Aires, Grondona sostuvo que esos movimientos eran -objetables desde el ángulo de mira de la democracia clásica pero no desde la nueva democracia.
-Lo que antes importaba sobremanera eran las formas, aseguraba Grondona. Por ejemplo, los partidos y sus plataformas. También las rígidas reglas constitucionales, que era casi imposible modificar (…)
Esta democracia rígida, victoriana, ¿era mejor? ¿Era mejor el matrimonio nominalmente indisoluble?
Cuando una regla es inmodificable, la única manera de eludirla es violarla (…) La era victoriana trajo consigo conductas impecables y también hipocresía”.
Mariano Grondona concluyó su editorial con la siguiente reflexión: -El nuevo signo de la vida política es el cambio. Para bien o para mal, Graciela ha resuelto moverse con su época.
Más recientemente, en un diálogo con el presidente de la Sociedad Rural Argentina, Hugo Biolcati, Grondona deslizó cínicamente la posibilidad de que el actual Gobierno no concluyera su mandato después de las elecciones del 28 de junio.
La incitación a la finalización temprana de los mandatos constitucionales de los presidentes de la Nación, ¿también será, para Mariano Grondona, un signo de la vida política moderna?
Resulta evidente que, muchas veces, las voces que parecen democráticas y cívicas encierran comportamientos antidemocráticos, destituyentes y desconocedores de la voluntad popular.
Bajo la supuesta defensa de las instituciones, no pocas veces se enmascara una puja de intereses. Desde luego, que no está mal que estos intereses existan pero, por respeto a los ciudadanos, habría que transparentarlos.
Lo que desde usinas periodísticas y de la oposición se intenta instalar como una verdad inobjetable, revisando el archivo se revela que la definición de calidad institucional puede ir cambiando de acuerdo a la conveniencia política.
La discusión sobre lo aparente y formal, con el argumento de defender valores supuestamente republicanos, es la cortina de humo que intenta ocultar lo esencial en torno a las próximas elecciones del 28 de junio: qué modelos de país confrontan en la renovación parlamentaria.
Desde este punto de vista, toda candidatura tiene una carga testimonial.
El candidato De Narváez nos brinda el testimonio de su actual trayectoria como diputado.
Hoy, de Narváez se ofrece como garante de la seguridad de los bonaerenses.
Sin embargo, su actividad legislativa ha sido mediocre.
Con muy pocos proyectos presentados, la mayoría declaratorios y ninguna ley que arrime una propuesta para mejorar la seguridad de los ciudadanos, ahora los convoca con una campaña publicitaria tan millonaria como vacía de contenido.
Su acompañante en la fórmula, Felipe Solá, da testimonio de haber fallado a los electores que lo votaron como primer diputado en la lista que encabezara la actual Presidenta de la Nación.
La actual vicejefa de gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, Gabriela Michetti, da testimonio de su poca fidelidad a la responsabilidad de presidir la legislatura de Buenos Aires, tarea para la cual fue votada hace menos de dos años.
Muchos de los candidatos de la oposición son, del mismo modo, traidores seriales y tránsfugas en ejercicio, de proyectos previos que los ungieron como legisladores y que luego abandonaron sin ponerse colorados.
La pregunta que debemos hacernos en torno de las denominadas candidaturas testimoniales es qué tipo de testimonio brinda cada una de ellas.
El testimonio de los candidatos del Gobierno es muy preciso: logros y resultados pocas veces vistos en la historia de la Argentina reciente.
Sería bueno valorar ese testimonio ahora, en una elección inmediata, y no en honras a futuro, teñidas de un irreparable sabor a oportunidad perdida y a fracaso.
Para hacer de la Argentina un gran país, es imprescindible profundizar un modelo social y económico que entierre definitivamente la especulación y el fracaso. Ése que brillara dolorosamente en los años noventa, mientras Grondona escribía notas editoriales que hoy parece no recordar.
Cada uno deberá asumir su grado de responsabilidad en el forjamiento de una mayor calidad institucional y una mejor democracia. De una democracia, sin hipócritas y sin hipocresía.
Por Jorge Coscia.
P.D: El Correo-e del autor es Jorge Coscia
*Jorge Coscia, director y productor de cine, es diputado nacional del Frente para la Victoria por la Ciudad Autónoma de Bs Aires.
Revista Debate